Los peligros de forzar el aprendizaje en la infancia

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el aprendizaje en la infanciaConoces los peligros que acarrea el forzar el aprendizaje en la infancia? Está demostrado que el sistema nervioso infantil no puede controlar las funciones vesicales e intestinales, por lo menos hasta que el niño haya aprendido a andar y a sentarse por sí mismo.

Hasta que llega ese momento, y a menudo hasta mucho después, el niño ha de poder vaciar a su comodidad la vejiga o el intestino. Antes, no puede entender qué es lo que se le pide ni por qué ha de estar tanto tiempo sobre el orinal, con toda la familia expectante a su alrededor.

Éxitos que no son tales del aprendizaje en la infancia

Pero si una madre muy testaruda consigue, aplicándose mucho a ello, transformar sus castigos ocasionales en “éxitos”, y logra que su hijo de menos de un año no se ensucie, no debe extrañarse si después de cumplir un año su vástago vuelve a recaer en su anterior costumbre. Esta reacción no sorprende en nada a los psicólogos y médicos, que la conocen como un síntoma de niños excesivamente intimidados. Las madres que obran con severidad consiguen muchas veces que sus pequeños hagan lo que ellas quieren, no por voluntad, sino por miedo. Pero en el subconsciente de estos pequeños crece una oposición, más fuerte a medida que van creciendo, que anula todos los buenos propósitos.

Los bebés que se ven obligados a ser limpios, a menudo se mojan en la cama en la edad escolar, y no por su propia voluntad, sino debido a un trastorno psíquico inconsciente. Por otra parte, es previsible que se produzca en estos niños una defectuosa formación de carácter, una neurosis dominante: el niño será exageradamente dócil, sumiso y ridículamente limpio, considerará sus deposiciones como algo repulsivo y repugnante, en lugar de “presentarlas”, como hacen los niños sanos, con amor y alegría a su madre. Aprende a conocer las funciones de su cuerpo como si no fueran una cosa natural, y no será extraño que cuando sea adulto sufra de estreñimiento o de diarrea: es la venganza tardía de un organismo al que se ha exigido mucho y demasiado pronto.

 

Uso del orinal como síntoma del aprendizaje en la infancia

Cada niño tiene su ritmo personal de desarrollo y aprendizaje en la infancia, incluso con la limpieza. En esta cuestión, como en muchas otras, los hijos del vecino no pueden servir de término de comparación. Pero cuando un buen día, entre el primero y el segundo aniversario, llegue el momento de que el niño haga sus “necesidades” en el orinal, procúrese que la forma de éste sea lo más práctica posible. No ha de estar acoplado a su silla de comer: esto desorienta y confunde al niño, que debe tener bien presente la diferencia entre ir a comer, ir a jugar o ir al orinal. No debe ser algo oscilante, sobre lo qué el niño se sienta inseguro. Tampoco ha de tener un borde demasiado delgado, que deje señales dolorosas, después de unos minutos, en sus tiernas nalgas o muslos.

Y sobre todo, no se debe obligar nunca al niño a estar sentado “hasta que haya terminado”. Diez minutos debe ser el máximo. Es cosa de la madre saber cuál es el momento más conveniente (si se le dan regularmente las comidas, no será difícil calcularlo); ella ha de abstenerse también de mostrar su descontento ante las intentonas frustradas, así le mostrará alegremente su satisfacción cada vez que lo consiga.

 

Ahora sí, el éxito está cerca

El día en que por primera vez el niño le diga que “no lo ha hecho en los pantalones”, la madre podrá respirar satisfecha: su hijo ha dado el último paso para lograr “la limpieza durante el día”. Todavía habrán de pasar algunos meses hasta el día en que no necesitará que le pongan ningún pañal por las noches. Casi todos los niños, hacia los tres años e incluso antes, ya controlan sus deposiciones y el vaciamiento de su vejiga; todavía a veces, entretenidos con sus juegos, o cuando corren o ríen en exceso, o cuando, conscientes ya de ciertas normas sociales, quieren demorar sus necesidades, pierden el control de sus órganos y manchan sus ropas. Esto ya no debe ocurrir a los cuatro años, edad en que un niño se halla en condiciones de utilizar el lavabo de los mayores.

El control de la orina, sobre todo por las noches, mientras duermen, puede ser más tardío, no debiendo preocupar hasta los cinco años en los varones y algo más en las niñas. La mayoría de las veces la incontinencia se debe a trastornos psíquicos poco importantes, como la inadaptación a la escuela, los celos inconscientes hacia otros hermanitos menores, etc., y tiene fácil remedio en manos del médico.

 

El niño caminará por sí solo

Durante el aprendizaje en la infancia, existen diversos aparatos para que los niños aprendan a andar. Los padres que adquieren uno de estos aparatos no tardan en sentirse defraudados: un niño sano aprende a andar por sí solo, y si está enfermo, lo que precisa es un tratamiento médico y no un armazón que, posiblemente, todavía le empeorará. Aparte de esto, se ha demostrado claramente que los niños son más despiertos y tienen más facilidad de movimientos cuanto más tiempo han podido gatear.

La mayor parte de las tías y demás parientes no lo pueden entender y, tan pronto como el niño ha nacido, ya le compran el primer par de zapatos para bebé. La verdad es que los zapatitos tienen cierta gracia, pero para aprender a andar son tan inútiles como los aparatos. Los bebés deberían permanecer descalzos tanto tiempo como fuera posible. Sus pies resisten la temperatura tan bien como sus manos, y el aire fresco no los perjudica en nada.

 

Dejarlo descalzo

Cuando el niño empieza a dar los primeros pasos, no son precisamente los zapatos la ayuda más importante para un sano desarrollo de los pies. Una alfombra tosca, la arena -si no está fría- o un prado seco le prestarían mejor servicio. Es una creencia muy extendida, pero errónea sin embargo, que los delicados pies infantiles estarán mejor protegidos con unos zapatitos bien anudados. ¡Ocurre todo lo contrario! Los músculos del pie infantil son lo bastante fuertes por naturaleza para soportar el peso del niño que por su propio impulso intenta ponerse en pie o andar.

Por ello, los niños deben andar con los pies descalzos tanto tiempo como sea posible, y más tarde, cuando el calzado sea ya imprescindible, es mejor que lleven unas zapatillas ligeras, en lugar de botas atadas hasta el tobillo. Los zapatos con cordones adormecen la articulación del tobillo en lugar de fortalecerla, y comprimen el juego de los músculos de los pies y su articulación.


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